Llegué a los Astilleros a las 4.15. Después de colgar los carteles preparé las octavillas, tenía 500 ejemplares y a cada uno que entraba en los astilleros, le daba una octavilla diciendo: “¡Toma y leela! Hoy todos los astilleros están en huelga”.
Nos reunimos unas 30 personas y marchamos. Dos colegas que van al frante llevan un cartel. La gente sale de todas partes para ver qué pasa. Les gritamos: ”¡Parad las máquinas y venid con nosotros!”. Muchos se nos unen. Ahora, formando ya un grupo numeroso, pasamos el puente. [...]
Éramos ya más de 1000 personas, la manifestación crecía de tal manera que ya no se veía su final. Yo me subía, de vez en cuando, a algún poste para ver dónde acababa la manifestación. Entonces ya estábamos seguros de que lo íbamos a conseguir. La gente salía de las bodegas, de los buques, subía las escalas, en lo alto, nos veía, y bajaba. Así que veíamos que por momentos éramos más y más. […]
Subimos a una excavadora que en seguida fue rodeada por la muchedumbre. Pronunciamos un discurso: ”Tenemos que elegir el comité de huelga. Necesitamos personas de confianza que tengan autoridad en sus brigadas. Que se presenten.”. Entonces apareció el director con su séquito, le invitamos a la excavadora y le ayudamos a subir. Cuando el director empezó a hablar, de pronto, apareció Leszek Walesa, se acercó por detrás al director y con una voz grave le preguntó: ”¿Me reconoce usted? Trabajé diez años en los Astilleros y sigo sintiéndome obrero de los astilleros, porque tengo la confianza del personal. Ya llevo cuatro años sin trabajo”. Y después dijo: ”Empezamos una huelga de brazos caídos”.